A las cinco de la tarde,
sobre el asfalto fresco, miles de venezolanos caminan flemáticos como si
llevaran una cruz pesada en sus hombros, una cruz que la mayoría de los venezolanos
sostiene pero a la vez ignora. Problemas como la inseguridad y la escasez de
alimentos se han vuelto el pan de cada día. Pareciera que lidiar con estos problemas
se ha vuelto una normalidad en la forma de vida del venezolano.
Los manifestantes
insatisfechos no desisten y sopesan la carga de esa cruz. Deciden, una vez más,
salir a las calles y apoyarse en la tradición religiosa de la Semana Santa para
en rumbarse con devoción en un recorrido que titulan la Marcha de los pies
descalzos. Donde miles de participantes desnudan sus extremidades para pagar promesa
por su país y manifestar el sufrimiento que padece una Venezuela desgastada
ante los problemas sociales y políticos.
Sin descanso, se
trasladan por el pavimento sin asco, ondeando su bandera tricolor con orgullo y
cantando consignas para mantener el júbilo de los participantes. Los pies de
los manifestantes se convierten en lienzos andantes. Muchos pintan sus
extremidades como pequeñas banderas tricolor o simplemente escriben en ellos mensajes
de esperanza por su país.
La noche empieza a
cubrir la ciudad de Caracas. Sin embargo, la hora no impide seguir animando a
los espectadores: “¡Hermano, escucha, únete a la lucha!”.Pocos deciden
despojarse de sus zapatos y buscan fusionarse en la muchedumbre.
La multitud tricolor llega
finalmente a su destino. Para unos es otra misión cumplida, para otros es el
comienzo de un cambio en la “normalidad”
de sus días donde más allá de despojarse de sus zapatos, han decidido despojarse
de sus miedos y unirse a la lucha.




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